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EL EXTASIS ES REBELDE

Una vez que el niño conoce el sabor de la libertad, jamás formará parte de ninguna sociedad, ninguna Iglesia, ningún club, ningún partido político. Seguirá siendo un individuo, seguirá siendo libre y provocará pulsaciones de libertad a su alrededor. Su ser mismo se convertirá en una puerta hacia la libertad.

Al niño no se le permite probar la libertad. Si le pregunta a su madre: «Mamá, ¿puedo salir? Hace sol, el aire está fresco y me gustaría dar una vuelta a la manzana», inmediatamente, de una forma obsesiva, compulsiva, ella dirá: «¡No!». El niño no ha pedido gran cosa; sólo salir a disfrutar del sol de la mañana, el aire fresco y la compañía de los árboles... ¡No ha pedido nada! Pero movida por una profunda compulsión, la madre dice que no. Es raro oír a una madre o a un padre decir sí. Incluso si lo hacen, es de mala gana. Incluso si dicen sí, hacen sentirse culpable al niño, que los está obligando, que está haciendo algo malo.


Siempre que el niño se siente feliz, haga lo que haga, siempre hay alguien que le dirá: «¡No hagas eso!». El niño lo va comprendiendo poco a poco: «Siempre que me siento feliz por algo, eso es malo». Y naturalmente, nunca se siente feliz haciendo lo que los demás le dicen que haga, porque para él no es un impulso espontáneo. Y así llega a saber que estar triste está bien y ser feliz está mal. Esa asociación llega a lo más profundo.

Si quiere abrir el reloj para ver lo que hay dentro, toda la familia se le echa encima gritando: «¡No! Vas a romper el reloj. Eso es malo». El niño sólo estaba mirando el reloj, por curiosidad científica. Quería saber por qué hace tictac. Estaba actuando bien. Y el reloj no es tan valioso como su curiosidad, como su mente inquisitiva. El reloj no vale nada -aunque lo destroce-, pero cuando la mente inquisitiva queda destruida, se ha destruido mucho más: el niño no volverá a indagar para averiguar la verdad.

O a lo mejor hace una noche preciosa, con el cielo lleno de estrellas, y el niño quiere estar fuera, pero es la hora de irse a dormir. No tiene sueño, está completamente despierto, muy despierto. El niño se siente confundido. Por la mañana, cuando tiene sueño, todo el mundo le grita: «¡Vamos! ¡A levantarse!». Cuando estaba disfrutando tanto de estar en la cama, cuando quería darse otra vuelta, dormir y soñar un poco más, todo el mundo le lleva la contraria: «¡Levántate! Es hora de levantarse». Resulta que está completamente despierto y quiere disfrutar de las estrellas. Es un momento muy poético, muy romántico. Está emocionado. ¿Cómo irse a dormir con semejante emoción? Está entusiasmado, quiere cantar y bailar, pero lo obligan a irse a dormir. «Son las nueve. Hora de irse a dormir.» Estaba tan feliz despierto, pero lo obligan a irse a dormir.

Cuando está jugando lo obligan a sentarse a la mesa para cenar. No tiene hambre. Cuando tiene hambre, la madre dice: «No son horas». Así destruimos toda posibilidad de ser extático, toda posibilidad de ser feliz, de alegría, de placer. Todo aquello con lo que el niño se siente feliz de una forma espontánea parece ser malo, y lo que no le llama la atención parece ser bueno.


Un día, en el colegio, un pájaro se pone a cantar fuera y el niño, naturalmente, presta oídos al pájaro, no al profesor de matemáticas que está ante la pizarra con un absurdo marcador. Pero el profesor es más poderoso, políticamente más poderoso que el pájaro. Desde luego, el pájaro no tiene ningún poder, pero sí tiene belleza. El pájaro atrae al niño sin necesidad de machacarle: «¡Presta atención! ¡Concéntrate en lo que digo!». No... De una forma sencilla, espontánea, natural, la consciencia del niño empieza a fluir por la ventana, hacia el pájaro. Allí está su corazón, pero tiene que mirar la pizarra. No hay nada que mirar, pero tiene que fingir que lo hace.

La felicidad es mala. Siempre que se da la felicidad el niño empieza a temer que algo va mal. Si el niño está jugueteando con su cuerpo, es malo. Y ése es uno de los momentos más extáticos en la vida de un niño. Disfruta de su cuerpo; es emocionante. Pero hay que cortar con esa emoción, hay que destruir toda alegría. Es algo neurótico, pero la sociedad también es neurótica.

Lo mismo les hicieron sus padres a los padres del niño, y ellos le hacen otro tanto a su hijo. Así es como una generación destruye a la siguiente. Así transferimos nuestra neurosis de generación en generación. La tierra entera se ha convertido en un manicomio. Al parecer, nadie conoce el éxtasis. Se ha perdido. Se ha erigido una barrera tras otra.

He observado que cuando las personas empiezan a meditar y notan un aumento de energía, cuando empiezan a sentirse felices, vienen a verme inmediatamente para decirme: «Me pasa una cosa muy rara. Me siento feliz, y al mismo tiempo culpable, sin razón alguna». ¿Culpables? Se sienten confundidos. ¿Por qué sentirse culpable? Saben que no hay nada malo, que no han hecho nada malo. ¿De dónde surge ese sentimiento de culpa? Del condicionamiento, profundamente arraigado, de que la alegría es algo malo. Estar triste está bien, pero no se permite ser feliz.


Obsérvalo en la vida. La madre no puede querer al hijo tanto como el hijo desea que la madre lo quiera, porque la madre está colgada, no está bien de la cabeza. Su vida no ha sido satisfactoria. Su vida amorosa ha sido un desastre: no ha podido llegar a la plenitud. Ha vivido sumida en la ambición. Ha intentado controlar a su marido, poseerlo. Ha sido celosa. No ha sido una mujer amante. Si no ha sido una mujer amante, ¿cómo puede amar de repente a su hijo?

En un experimento en el que un psicoanalista le preguntó a varias madres: «Cuando su hijo estaba a punto de nacer, ¿estaba realmente dispuesta a tenerlo, dispuesta a aceptar al niño?». Presentaba un cuestionario. La primera pregunta era: «¿Era un niño deseado o vino por casualidad?». El noventa por ciento de las mujeres contestó: «Vino por casualidad; no lo queríamos». A continuación preguntaba: «Cuando se quedó embarazada, ¿tuvo dudas? ¿Quería tener el niño o abortar? ¿Lo tenía claro?». Muchas respondieron que estuvieron dudando durante semanas enteras entre abortar o tener el niño. Después el niño nació, y ya no pudieron decidir nada. Quizás hubiera otro tipo de consideraciones, de tipo religioso, porque eso sería pecado para ellas, significaría el infierno. Si eran católicas, la idea de que el aborto es lo mismo que el asesinato les impidió abortar. O quizás existieran razones de índole social, o el marido quería el niño, o los dos querían el niño como continuación de su ego. Pero el niño no era deseado. Pocas madres dijeron: «Sí, quería el niño. Estaba esperándolo y me sentía feliz».


Nace un niño no deseado; desde el principio la madre ha dudado entre tenerlo y no tenerlo. Tiene que haber repercusiones. El niño notará esas tensiones. Cuando la madre pensaba en abortar, el niño debió de sentirse herido. El niño forma parte del cuerpo de la madre, y cada una de las vibraciones de la madre le llega a él. O cuando la madre piensa, duda y está en una especie de limbo, sin saber qué hacer, el niño también temblará, agitado, entre la vida y la muerte. Después el niño nace y la madre piensa que ha sido por casualidad -habían intentado el control de natalidad, habían intentado esto y lo de más allá; todo falló y de repente ahí está el niño- y hay que aguantarlo.


Aguantar no es amar. El niño echa en falta el amor desde el principio. Y la madre sé siente culpable porque no le da tanto amor como hubiera sido lo natural. Por eso empieza con los sucedáneos. Obliga al niño a comer demasiado. No puede colmar el alma de su hijo con amor y llena su cuerpo de comida. Es un sucedáneo. Podéis ver lo obsesivas que son las madres. El niño dice: «No tengo hambre», pero la madre sigue obligándolo a comer. No tienen nada que ver con el niño, no le hacen caso. Le dan sucedáneos: como no pueden darle amor, le dan comida. El niño crece; como no pueden quererlo, le dan dinero. El dinero se convierte en un sucedáneo del amor.

Y el niño también aprende que el dinero es más importante que el amor. Si no tienes amor, no hay de qué preocuparse, pero tienes que tener dinero. Con el tiempo se hará avaricioso. Irá en pos del dinero como loco. El amor le dará igual. Dirá: «Lo primero es lo primero. Lo primero es tener una buena cuenta corriente. Necesito todo ese dinero; después podré permitirme el lujo del amor».


Pero el amor no necesita dinero; puedes amar tal y como eres. Y si piensas que el amor necesita dinero y vas en su busca, un día quizá lo tengas; pero entonces te sentirás vacío, porque has desperdiciado muchos años en acumular dinero. Y no sólo los has desperdiciado; en todos esos años no ha habido amor, no has practicado el amor. Ahí tienes el dinero, pero no sabes amar. Has olvidado el lenguaje de los sentimientos, el lenguaje del amor, el lenguaje del éxtasis.


Sí, puedes comprar a una mujer preciosa, pero eso no es amor. Puedes comprar a la mujer más bella del mundo, pero eso no es amor. Y no estará contigo porque te ame; estará contigo por tu cuenta bancaria.

El dinero es un símbolo. El poder, el poder político, es un símbolo. También es un símbolo la respetabilidad. No son realidades; son proyecciones humanas. No son hechos objetivos; no tienen ninguna objetividad. No existen; son simplemente sueños proyectados por una mente desdichada.


Si quieres ser extático tendrás que abandonar lo simbólico. Liberarse de lo simbólico significa liberarse de la sociedad. Liberarse de lo simbólico significa ser un individuo. Para liberarte de lo simbólico necesitas valor para introducirte en lo real. Y sólo lo real es real; lo simbólico no es real.

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